Una cita con el mar

LAURA ESPINEL, CLARA RAMOS E INÉS RECASENS

Una y veinte del medio día. Mis pies rozan una arena aterciopelada. Con los ojos cerrados, siento el sol atravesando mi piel y recorriendo cada parte de ella. A pesar del murmullo del gentío, estamos solos. El mar y yo. Entra en escena una gaviota que, libre y mansa, tiene la fortuna de disfrutar de las mejores vistas desde el aire. El oído, fino y poderoso, reconoce a la perfección la intensidad del sonido de las olas al saludarse con la orilla.

Y es que, sin duda, el mar es una ingente fuente de inspiración. Inspira paz o inspira miedo. Inspiras más o inspiras menos. Porque por muy salado que sea el olor a mar, muy dulces, amargas y ácidas creaciones han emergido de sus entrañas. Y aunque cada una de ellas resulten universos paralelos, todas en conjunto son, y serán, hijas del gran azul. Con granos de arena entre los dedos recordamos cómo el encanto de la furia de sus aguas ha hipnotizado a escritores, poetas, filósofos y artistas.

Como hechizado por el canto de una sirena, Rafael Alberti no podía evitar volver al mar. Cuando las circunstancias de la vida lo alejaron de él, los derroteros de su obra consiguieron volver a acercarlos. Nacido en el Puerto de Santa María, en Cádiz, el mar le había inspirado, quizá sin saberlo, desde que dio sus primeros pasos. A la aun tierna edad de quince años, se trasladó a la seca Madrid con su familia y, al fallecer su padre tres años más tarde, puso rumbo a la no menos alejada del mar provincia de Segovia.

Desde la meseta, tan lejos de su raíz, comienza a escribirle a su amor, la mar. El resultado, Marinero en tierra (1924), su obra primogénita y una de las más conocidas del autor, es un llanto de nostalgia a la tierra que le vio nacer, a su querida mar y, seguramente, a un recuerdo infantil en el que ahora faltaba su padre, a quien no hacía tanto había perdido. El exilio lo alejó si cabe más de su primer hogar, pero el destino obró como debía obrar y, en 1999, a los noventa y seis años, Alberti murió en su casa del Puerto de Santa María y, como no podía ser de otra manera, sus cenizas se esparcieron en el mar que tanto amó. Porque, Rafael, como tú bien plasmaste sobre el papel:

Te fuiste, marinerito,

en una noche lunada,

¡tan alegre, tan bonito,

cantando, a la mar salada!

En largo y maestoso comienza El mar y el barco de Simbad, primer movimiento de la suite sinfónica Scheherezade, compuesta por Nikolái Rimski-Kórsakov. El músico ruso refleja Las mil y una noches en dicha obra. Sin embargo, el mar siempre dejó huella. Kórsakov creció junto al océano, del que rápidamente se enamoró. Las aventuras que su hermano le narraba al servir a la marina avivaron aún más ese fuego incandescente hacia el mar.

Entre violines, trombas, clarinetes, tubas y oboes, Rimski-Kórsakov desahoga una pizca de su amor por el mar y otra pizca de la nunca cumplida esperanza familiar de ser un marino ruso. Porque de no haber sido por los azares o destinos de la vida, Kórsakov se hubiese quedado en aquel marinero que quiso ser músico.

Afortunados son los que pueden decir que tuvieron por nana a la brisa del mar. Uno de ellos es Joaquín Sorolla, a quien más que sangre le corría mediterráneo por las venas. Desde bien pequeño rodeado tanto de pescadores como de óleos, su obra es una muestra de amor por ese híbrido de arena y sal valenciana. Un caballete, una paleta, un sombrero y un Sorolla capaz de inmortalizar la inquietud del oleaje son más que suficiente para crear arte. Como nunca nadie antes estudió el humor del mar y este le permitió investigar sobre la luz, experimentar los matices de color, las texturas y los reflejos.

Con la naturaleza como principal fuerza y fin de su composición manifestó el costumbrismo. En sus obras Sorolla pinta la paz del mar en forma de mujer vestida de blanco, Paseo a orillas del mar (1909), pero también pinta el esfuerzo, la dureza y el sudor del faenar en Playas de Valencia por la tarde (1908). Es en Madrid donde realmente adquiere renombre como pintor y en París donde desarrolla el conocido luminismo valenciano que también aplicará en pinturas de denuncia social. La libertad de su pincelada y la luz de su tierra, así como su improvisación quedan guardadas bajo llave en la casa Sorolla de Madrid que, aunque lejos del olor salado, retiene el mar, la musa eterna de Joaquín Sorolla.

Y como ellos, incontables hombres y mujeres han creado arte, belleza y brisa pensando en el mismo lugar. Desde la lejana Madrid son capaces de elevarnos a ese inmenso zenit al que llamamos mar. Porque así es el mar, inmenso y eterno. Y nosotros, ¿qué será de nosotros? A cada paso más próximo a la costa, más nos acercamos a caer en cautiverio por su embrujo. En fin, ¡cómo describirlo! El mar, idiota, el mar.         

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