La despedida del ilusionista manchego

SERGIO JUANES © de la fotografía: Reuters

Hoy, 27 de abril de 2019, se cumple un año desde que Iniesta anunciara ante los medios su decisión de abandonar el fútbol español para sumergirse en una nueva aventura futbolística y humana en Japón. Aquel día sentí que este maravilloso deporte llamado fútbol perdía, al menos al primer nivel, a una de las mejores representaciones que tenía. Por ese motivo decidí escribir, a modo de homenaje, las palabras que procedo a dejarles a continuación.

Andrés Iniesta ha anunciado hoy en rueda de prensa, con los ojos vidriosos y la voz entrecortada, que la presente será su última temporada al máximo nivel. El manchego se marcha al fútbol japonés a deleitar con su talento infinito a un nuevo continente tras haber conquistado en Barcelona todos los títulos nacionales e internacionales posibles, pero, sobre todo, los corazones de los aficionados a un deporte que pierde a uno de los mayores exponentes de su mejor versión.

El pequeño Andrés llegaba hace 22 años a La Masía proveniente de un humilde pueblo de Albacete con la inseguridad y el miedo que le supone a un niño de apenas doce años alejarse de sus padres. Pero él, al igual que ha demostrado a lo largo de su carrera, tornó la debilidad en fortaleza y dejó que el balón en sus pies hablara por él. El 22 de octubre de 2002, le llegaba la oportunidad de debutar con el primer equipo del Barcelona, día que Iniesta, vencedor de 34 títulos y autor del gol más importante de la historia de España, recuerda a día de hoy como el más feliz de su carrera, y esto es porque, no nos engañemos, la mentalidad del Andrés de 33 años no ha cambiado ni un ápice respecto a la de aquel niño que dejó temeroso Fuentealbilla para cumplir un sueño.

Admirado por todos y querido como ninguno, Iniesta es capaz de aunar los sentimientos de todo un país, de convertir la euforia individual en un abrazo colectivo, de poner en pie para aplaudir su marcha a los más grandes escenarios futbolísticos, pero por encima de todo, de acordarse del amigo perdido en el momento del olvido generalizado. La lucidez en pleno caos, la cordura en medio del éxtasis, la diferenciación del que no es único solo en el césped sino también fuera de él.

El manchego es un futbolista único capaz de, siempre con una razón, armonizar lo mejor de los siete artes. De esta manera, es capaz de construir, como si fuera Le Corbusier, grandes obras arquitectónicas en torno a un balón y complementarlas con esculturas de controles imposibles que dejarían al Pensador de Rodín aún más ingenuo ante la estampa. Capaz de ejecutar pases por espacios inexistentes que se dibujan como pinceladas de los mejores pintores sobre el lienzo, y de que cada muestra de admiración que genera en la grada suene tan afinado como una composición de Bach. Capaz de convertirse con un par de gestos en la manifestación balompédica  del realismo mágico, y de danzar finamente con la pelota al ritmo de su propia música mientras paraliza todo alrededor. Capaz de ocultar el truco de magia pese a ver la repetición fotograma a fotograma.

Las estadísticas y sus fieles tratarán de minimizar la impecable carrera de Iniesta alegando su incapacidad para alcanzar las altas cifras goleadoras y de asistencias de otros jugadores de su calibre, pero los intangibles cambian partidos y deciden campeonatos, y en eso Andrés es inigualable. A las palabras de sus compañeros y rivales me remito para comprender su importancia. Todos ellos coinciden en su capacidad de aparecer siempre como opción para recibir el balón y tomar la mejor decisión posible, en su talento para recibir el balón rodeado y atacado por piernas rivales y, donde cualquier otro claudicaría, salir airoso y con una normalidad desconcertante tras dos caricias al cuero y un amago para generar una ocasión de peligro.

Claudio Marchisio, elegante caballero italiano, escribía en un perfecto español después del anuncio de Iniesta: “Lo ves recibir el balón y piensas que algo maravilloso puede suceder de un momento al otro. ¿Al fin y al cabo, no es por esto que nos enamoramos del fútbol? Eres todo aquello que un niño sueña cuando recibe su primer balón. Gracias por esta maravillosa historia”. Junto a Claudio –aunque no con tanto acierto-, miles de aficionados y futbolistas plagaban las redes sociales de mensajes de admiración y agradecimiento al manchego. No son elogios, son la expresión objetiva de una realidad, de cómo en 170 centímetros pueden condensarse todos los valores futbolísticos y humanos que uno pueda jamás desear. Iniesta, al contrario que otras leyendas, ha sabido apartarse antes de ser una carga. Hasta tal punto que todavía somos muchos los que ponemos en duda su anunciada incapacidad para responder a la exigencia después de ver su exhibición y todavía extenso catálogo de recursos en la final de Copa contra el Sevilla, pero nadie se conoce mejor que él. Quizás no haya sabido explicárnoslo adecuadamente con la palabra, pero tranquilo, Andrés, sabemos que tú siempre fuiste más de hablar con la pelota.

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