El monstruo de Mary

LAURA ESPINEL

El abandono, el rechazo, la marginación… Son sentimientos que repelemos y nos aterran pero que, desgraciadamente, nos vemos condenados a sufrir a lo largo de nuestras vidas. “El hombre es un lobo para el hombre” dijo Hobbes, y Mary Shelley debió pensar algo parecido dos siglos más tarde. “Ahora, sin embargo, el dolor ha hecho presa en nuestro hogar y contemplo a los seres humanos como monstruos sedientos de sangre”. Monstruos sedientos de sangre. Esta opinión merecía el género humano para la todavía joven escritora. O, al menos, esto quiso plasmar en el papel a través de las palabras de Víctor Frankenstein en su archiconocida obra Frankenstein o el moderno Prometeo. Mary escribió estas líneas con diecinueve años, y a pesar de su corta edad, ya había huido del hogar familiar, tenido dos hijos y perdido uno de ellos. El doctor Frankenstein confiesa sus lamentables sentimientos tras sentirse terriblemente culpable de causar la desolación en su familia al haber creado un ser monstruoso. Había jugado a ser Dios y este se había vuelto en su contra. Puede que esto fuera lo que atormentaba a Mary. Ella también jugó a ser Dios a su manera, desafiando las normas sociales de su época y viviendo la vida con sus propias reglas. Con diecisiete años se fue de casa para huir con Percy Shelley, casado y con dos hijos a sus espaldas. La pareja estaba profundamente enamorada y poco importaban las convenciones para ellos. Menos, incluso, teniendo en cuenta que Percy era un abierto defensor del amor libre y Mary era hija del filósofo precursor del anarquismo, William Godwin, partidario de la abolición del matrimonio, y de Mary Wollstonecraft, destacada escritora feminista. Efectivamente, había jugado a ser Dios y antes de cumplir la veintena ya había sufrido tanto como para reflejarlo dolorosamente bien en cada página de su obra.

“¡Creedme, Frankenstein, soy bueno; mi espíritu está lleno de humanidad y amor, pero estoy solo, horriblemente solo! ¡Incluso vos, que me creasteis, me odiáis! ¿Qué puedo esperar, pues, de aquellos que no me deben nada?”. Las palabras del monstruo, abandonado por su creador en el momento mismo de su nacimiento, conmueven al más insensible. ¿En qué pensaría Mary Shelley al crear a partir de su propia imaginación una historia tan -no podría expresarlo de otra manera- injusta? ¿Cuántas injusticias habría vivido ya para poder trasmitirlo así? Frankenstein ha sido representado en la cultura popular como dentro del género de terror y, nada más lejos de la realidad, la historia no suscita terror en ningún momento; suscita sentimientos, profundiza en ellos y te obliga a ponerte en la piel de los dos protagonistas y sufrir con ellos. El dilema está en cuál de los dos genera más compasión: el afable doctor que, ilusionado, consigue crear vida y, repelido por su propia creación, lo abandona a su suerte y sufre las consecuencias; o el ser bondadoso que cobra vida en un cuerpo nauseabundo y, tras ser rechazado sistemáticamente por todo el que le rodea, se convierte en un monstruo y un asesino.

Esta novela sin buenos ni malos fue concebida en 1816, “el año sin verano”. La pareja Shelley se encontraba en Suiza visitando a su amigo Lord Byron, acompañados de la medio hermana de Mary, Claire Clairmont -examante de Byron-, y del médico personal de este, John Polidori. El grupo tuvo que pasar gran parte del verano encerrado en Villa Diotati debido a las inclemencias del tiempo, por lo que, como pasatiempo, Lord Byron les retó a escribir una historia de terror. Percy abandonó pronto la misión, al igual que Byron. Pero Polidori, médico de profesión -no escritor, como sus acompañantes-, completó su labor y escribió El vampiro, considerada la primera obra del género del vampiro romántico. Fue durante estas noches de tormenta y discusiones literarias cuando Mary comenzó a construir su esperpento. Estas dos obras no fueron lo único que se fraguó ese verano en Villa Diotati. Claire anunció a Byron que estaba embarazada, lo que marcaría para siempre el futuro de la familia Shelley, pero esa es otra historia.

To Love in Solitude and Mystery;

To prize one only who can ne´er be mine;

To see a dark gulf yawn fearfully

Between myself and my selected shrine,

And prodigal to one —myself a slave—

What harvest reap I from the seed I gave?

(<<Amar en la soledad y el misterio;

conseguir eso que nunca podrá ser mío;

contemplar el terrible bostezo de un abismo

entre mi ser y mi elegido santuario,

derrochar —ser yo misma mi esclava—

¿Cuál será la cosecha de la semilla que di?>>)

To Love in Solitude and Mystery, Mary Shelley (1797-1851)

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