La mente, el alma y la intemporalidad de Oliva Sabuco

EMILIA CAMPOS

Corren tiempos distintos a los que vivió Oliva Sabuco, una mujer que sorprendió en su tiempo y sigue sorprendiendo a los que se acercan a leer lo que escribió. Se le atribuye la autoría de la obra Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre, escrita en el siglo XVI por una mujer de 25 años y dedicada al rey Felipe II con una carta en la que le rogaba favorecer a las mujeres en sus aventuras.

En Alcaraz, su pueblo de origen, y en la doctrina general, no cesa la duda de cómo fue capaz de escribir su desveladora y compleja obra. Se barajan distintas hipótesis acerca de si era testigo de las tertulias entre su padre, que sí era bachiller, y los pocos pero talentosos intelectuales de la comarca, o si fue discípula y alumna del famoso humanista Pedro Simón Abril, o si se sirvió de todo lo escuchado y aprendido añadiendo la ayuda de su padre. Fuera como fuere, estamos ante una mujer autodidacta, con capacidades intelectuales excepcionales, y una valentía suprema. Con su libro revolucionó de forma increíble el Renacimiento por el nivel de sus aportaciones.

NUEVA FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA Y DEL HOMBRE  

Sacudimos su obra para comprobar que es un escrito en forma de coloquio entre tres pastores a través del cual renueva el saber médico de la época. En primer lugar, concibe al hombre como un árbol al revés cuya raíz y principio de funcionamiento es el cerebro. La preeminencia cerebral choca con la doctrina médica impuesta en ese momento: el galenismo, que no atribuía la acción predominante al cerebro. Según la profesora Mònica Baltondre, que ha analizado su obra, un ejemplo es que la distribución del jugo que alimenta al cuerpo la hace depender Sabuco del cerebro, cuando lo habitual para la medicina galénica era que se encargara el hígado.

La unión de ideas filosóficas-médicas se convirtió en el potente combo que la caracterizó. Así, el concepto de alma y su naturaleza fueron la obsesión de Oliva. Conocerse a uno mismo y ser conscientes de que las pasiones nos pueden matar o dejarnos enfermedad en el cuerpo, priorizando la relación cuerpo-mente en la que un malestar psíquico puede ocasionar un malestar físico. Por tanto, anima a la medicina a tratar al paciente como un todo cuerpo, mente y alma. Para ella, que se fundamenta en la teología, las pasiones del alma pueden ahogar la concordancia entre cuerpo y alma. La antropología cristiana del siglo XVI, que establece la composición natural del hombre ordenada por Dios, defiende cuerpo y alma como dos partes diferenciadas pero necesarias entre sí.

El empeño por las pasiones del alma hizo que Sabuco defendiera dos vertientes de alma en el hombre: la sensitiva y la racional. En la postura animal, sin embargo, la pasión es neutra. Deseo, esperanza, amor, alegría, dolor, miedo, vergüenza… son sentimientos, alma sensitiva. Pero esa parte sensitiva se encuentra en el individuo con un estatus superior: la voluntad, el alma racional.  Y es en ese momento cuando las emociones desembocan en vicios: envidia, ira, pereza, soberbia o lujuria. Aunque tranquilidad, hay una herramienta que puede dirigir hacia lo “correcto”: la palabra. Y todo el tiempo la autora se fundamenta en Platón.

El ensayista José María Merino, autor de Musa Décima en referencia a Oliva, apunta: “Ese libro es una cosa moderna. Es como si fuera de los de ahora de medicina natural. Dice que hay que aprender a respirar, que hay que hacer ejercicio, comer sano… Incluso, cosas que en esa época no se decían como que el hombre tiene que saber con quién se casa, pero también la mujer saber con qué hombre se casa”.

LA CONTROVERSIA DE LA AUTORÍA

A principios del siglo XX se descubrió el testamento en el que Miguel de Sabuco manifestaba ser el autor de Nueva Filosofía de la Naturaleza y del Hombre y amenazaba con maldecir a su hija si reclamaba los beneficios económicos de su venta. Se intuyen graves disputas familiares y una intrigante historia en la que el padre de Oliva Sabuco trata de arrebatar a su hija la maternidad de la obra, años después de que esta fuera escrita y publicada e incluso años después de su muerte. Tal es el impacto que en la actualidad se enfrentan dos grandes posturas: los que defienden la autoría del padre (Miguelistas) y los que defienden la autoría de Oliva (Olivistas). 

En aquella época casi nadie dudó de que la obra fuese escrita por Oliva Sabuco. Es más, en pleno siglo XVI la defendieron varones tan ilustres como Lope de Vega, que la apodó como “décima Musa”, Joseph Quer como “heróica matrona”, y otros autores la califican como “honor de España” o “esplendor y orgullo de su sexo”. Hay quien puso en duda la autoría de Oliva por dudar de la capacidad femenina para la ciencia pura. Porque ella, con sus actos, reivindicó en pleno siglo XVI el papel de la mujer, de ahí que sea una de las mujeres más destacadas del Renacimiento.

Vuelve en el siglo XXI a recordarse la obra por razones extra intelectuales, más acordes a la cuestión de feminismo y machismo que al propio contenido. Hay obras que parecen nacer para ser simbólicas y para demostrar el peso de las ideas, lo que vale la ruptura, lo que cuesta la aportación de una mujer que no fue amaestrada. Un precio que se ha pagado con la indiferencia y el olvido.

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