En el territorio de lo mítico: El Brujo Quini

EMILIO COBOS | © de la foto: Fundación Quini

Desde el preciso instante en el que uno adquiere conciencia de sí mismo, resulta inevitable empezar a mirar de reojo hacia los confines de nuestra memoria en busca de las cosas que nos hacen ser quien somos. Como comentábamos en un artículo publicado hace unas semanas en este medio, a partir de la aparición de la cultura de masas, las masas comenzamos a imaginar juntos la vida a través del cine, de la literatura y, por supuesto, del deporte. En aquellas líneas propusimos hablar de los deportistas legendarios cuyas gestas se quedaron grabadas en nuestras pupilas como excusa para hacerlo sobre lo que nos inspira. Para media España, una de esas figuras míticas es sin duda Enrique Castro, aquel extraordinario rematador del Sporting de Gijón, de la Selección y del Barcelona a quien la historia recuerda con múltiples apodos: El Brujo, Quinocho, Quinigol, pero siempre Quini. Un hombre extemporáneo de adusta apariencia, más cercana a la de un minero o a la de un soldado que a la que muestran los futbolistas de hoy, dotado de una notoria habilidad para la simpatía. Quizá Quini pueda ayudarnos a descubrir por qué nos acordamos de las personas de las que nos acordamos. Él, como cierta clase de músicos, actores, periodistas, amantes y amigos, pertenecía a ese linaje de espíritus irrepetibles que nunca se olvidan.

Quince de junio de 2008. Minuto 75. El Sporting acaba de marcar el gol que rubrica, por fin, el anhelado retorno a Primera. En El Molinón, no obstante, sólo se oye un único grito: “¡ahora, ahora, ahora, Quini, ahora!” Quini dejó de jugar hace más de veinte años, pero, por lo visto, la leyenda de su talante imbatible sigue jugando todavía. Una década después de aquel ascenso, con el Sporting de Gijón de nuevo en Segunda, aún canta la afición un nombre que hasta el propio estadio ha hecho suyo. Nadie puede determinar con exactitud qué elementos hacen falta para forjar un mito, pero con el Brujo –llamado así porque “aparecía cuando menos lo esperabas”, cuenta su excompañero Enrique Morán- sobran los motivos. Naturalmente, uno de mucho peso es su impecable trayectoria deportiva. Incluso sus inicios son paradigmáticos. El joven Enrique Castro debutó en el equipo de Ensidesa, al que había llegado tras curtir sus piernas en los campos de carbonilla de la Avilés industrial en la que vivió su infancia y adolescencia. La negativa de su padre a que firmara con el Oviedo para ahorrarse los incómodos desplazamientos no impidió, sin embargo, que acabara fichando por el Sporting poco tiempo después de haberle realizado cuatro tantos a su filial. En su segunda temporada con el cuadro rojiblanco, Quini lograría ascender a la máxima categoría no sin antes conquistar el primero de los siete Pichichis que jalonan su carrera. Enrique Castro deshojó en la entidad gijonesa ocho temporadas a golpe de gol durante las que se convirtió en uno de los mejores delanteros españoles de todos los tiempos y en objeto de deseo del Real Madrid de Juanito y del Barcelona de Cruyff. En una época en la que los equipos modestos aún resistían la tiranía mercantil de los grandes, el Sporting no permitió a Quini abandonar el club hasta 1980, cuando finalmente, y a cambio de 82 millones de pesetas, el Brujo pudo defender la camiseta de un Barça ya sin el genio holandés, pero con jugadores de la talla de Maradona, Alexanco o Bernd Schuster, con quien acabaría trabando una gran amistad a pesar de los diez años que los distanciaban.

Con 31 años, su rendimiento en el Barcelona fue magnífico. Se adueñó de tres trofeos Pichichi, ganó dos Copas del Rey, una Recopa, una Supercopa, una Copa de la Liga y, por si fuera poco, le puso su nombre al tanto 3000 en la historia del club azulgrana. Sin embargo, de su estancia en la Ciudad Condal se recuerda por encima de cualquier gol un hecho insólito, impensable hoy, y profundamente estremecedor. A finales de su primera campaña en las filas del Barça, después de una holgada victoria frente al Hércules, Quini fue secuestrado por unos trabajadores en paro, que lo ocultaron en un zulo en la provincia de Zaragoza. Su secuestro mantuvo en vilo al país. Se llegó a hablar de mafias e incluso de ETA, pero la Liga no llegó a detenerse, como pedían los jugadores. Huérfano de su más efectivo realizador y sumido en un estado cercano a la psicosis, el Barcelona perdió un campeonato que tenía prácticamente encarrilado. La situación se resolvió como resultado de una brillante operación policial. Quini fue liberado el mismo día en que España batía a Inglaterra en el emblemático Wembley. Aquel marzo la victoria fue lo de menos. Sea por su bondad generosa o porque sufría síndrome de Estocolmo, Quini no tardó en perdonar a sus secuestradores, con quienes se solidarizaba, y se negó a pedir, en contra de los designios del Barça, una indemnización que, a su juicio, nunca podrían pagar.

Homenaje a Quini frente a El Molinón

Pero el fútbol, como la vida, no es fácil ni siquiera para los vencedores. Los dos tantos que anotó en la final de la Copa del Rey al club en el que había alcanzado la condición de ídolo, el Sporting, marcaron definitivamente su retorno a los terrenos de juego. A la afición le costó asimilar aquella lapidaria sentencia que Castro acuñó para que se le entendiera: “La profesionalidad no depende de la camiseta que llevas, pero tu camiseta si depende de tu profesionalidad”. No obstante, el Brujo acabó rescatando al Sporting y saldando cualquier cuenta que allí tuviera pendiente cuando, con 35 años, volvió de su retiro para jugar dos temporadas más con la hermosa elástica rojiblanca. Su andadura sobre el césped concluyó con 37 años. A partir de entonces, Quini se dedicó a demostrar que durante todo ese tiempo bajo los laureles no había dejado de ser Quini ni un solo momento. En 1993 logró sobreponerse al fallecimiento de su hermano, el legendario portero esportinguista Jesús Castro, que murió ahogado tras salvar la vida de dos niños ingleses y de su padre en una playa cántabra. Más allá de lo obvio, poco puede decirse acerca de esta tragedia: la cultura y el fútbol nos hacen soñar con héroes, pero la vida los crea. Jesús Castro fue uno de ellos. De los de verdad. Y Quini también, por su manera de encarar las cosas. “¡Qué vas a hacer! La vida hay que tomarla como viene”, dijo en 1982 sobre su secuestro. En calidad de delegado del club de sus amores, Quini solía dejarse ver por los campos de toda España acompañado de esa cercanía suya que parecía desmentir que aquel señor risueño con barba de pocos días hubiera sido alguna vez uno de los españoles mejor relacionados con el gol. Acabó muriendo de un infarto a los 68 años, en febrero de 2018, después de haber derrotado, también, al cáncer. En el lenguaje del carisma, que Quini dominaba como pocos, su palabra favorita era la sencillez. Quizá por eso conquistó la mayor de las glorias -puede que la única- a las que puede aspirar un hombre: el respeto unánime de todos sus rivales, el afecto sincero del público. Quizá por eso jugadores de todo el mundo e incluso líderes políticos, tan alejados de la autenticidad que el Brujo representaba, se despidieron de él. Cuestionado acerca de la eternidad, Enrique Castro respondió con una pregunta: “¿Dónde está esa señora, la viste pasar por aquí? Yo no la conozco”.  Por mucho que la rehúya, su muerte sólo consagró a Quini como lo que ya era: un mito que ahora es nuestro para siempre.

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