Contracultura: de los goliardos al trap

MARCOS PÉREZ

El goliardo es una de las figuras más peculiares de la Edad Media. A medio camino entre clérigos y estudiantes, los goliardos se dedicaban a vagabundear por los caminos, errando por el mundo sin más objetivo en la vida que el de disfrutar de los placeres terrenales y cantar a dicho gozo. Frecuentaban tabernas y tenían especial gusto por el vino, el juego, las mujeres, la música y la poesía. Más allá de su pillería, estos golfos que una vez hubieron de tener un futuro recto y piadoso encarnaban un fenómeno que se ha repetido constantemente en la historia: la contracultura.

Entendemos por contracultura todo movimiento que ponga en duda el razonamiento hegemónico y postule ideas contrarias a este. Uno de los primeros ejemplos que encontramos de dicho comportamiento es el de la escuela cínica en la Antigua Grecia. La doctrina de Antístenes y Diógenes abogaba por una vida sencilla, de autosuficiencia y autarquía personal, en sintonía con la naturaleza para alcanzar la felicidad. Rehuía del planteamiento socrático, obcecado en la búsqueda de la verdad, la ética, la filosofía política… Algo escandaloso que incluso hoy en día puede parecer ilógico, y por lo cuál a menudo se les tachaba de locos o se les despreciaba.

De la misma manera, los goliardos representaban la rebeldía, el inconformismo y el rechazo hacia la cultura y el pensamiento preestablecido. En una época de muy fuerte arraigo religioso, de estricto régimen señorial y de penosa subsistencia, estos bohemios subvirtieron el modo de vida y de pensamiento desafíando la cultura establecida. Más que por su peculiar estilo de vida, los goliardos han pasado a la historia por sus composiciones literarias. A diferencia de juglares y trovadores con los que se les podría comparar, los goliardos destacan por haber recibido en -mayor o menor medida- una educación. Salidos de las incipientes universidades, todos poseían ciertos conocimientos en literatura y música entre otras disciplinas. Utilizaban el latín como lengua vehicular, al mismo tiempo que, curiosamente, comenzaban a aparecer lenguas vernáculas. Asimismo, no es raro encontrar en sus obras referencias e imágenes de la mitología romana, fruto de su paso por las universidades. El ejemplo más simbólico de la escasa herencia goliardesca es el poema Carmina Burana, convertido a ópera por Carl Orff en1936.

En su particular literatura ofrecían una visión rebelde, desengañada y ácida del mundo en el que vivían, recurriendo a la sátira para criticar a al Iglesia, la sociedad, y demás actores limitadores de la cultura. Sus actitudes de aparente indiferencia entre la vida y la muerte pueden identificarse como un rasgo nihilista, algo rompedor teniendo en cuenta lo alejado de su conducta de la doctrina religiosa, y el temor popular a la salvación o condenación del alma tras la muerte.

Este rasgo nihilista es uno de los predominantes en lo que, salvando las distancias, son los goliardos del siglo veintiuno. Actualmente, estos aires contestatarios, de rechazo del establishment y hedonismo banal se hacen palpables en el trap.

Aunque pueda parecer una locura, no distan tanto un movimiento de otro. Es cierto que hay algunas diferencias bastante notorias, como el nivel de conocimientos que manifiestan en sus canciones respecto al resto a la población: mientras los goliardos hacían gala de unos estudios en literatura y música al alcance de pocos, los cantantes de trap no demuestran tener especial inclinación hacia ningún área más que a hacer su propia música -cualidad que no demasiada gente calificaría de talento-.

Cada vez es más difícil encontrar una corriente que encarne un movimiento contracultural. Esto no siempre es necesariamente malo, pues dice mucho del avance de la sociedad en lo que a aperturismo cultural se refiere. Sin embargo, vivimos tiempos en los que la cultura se ha dinamizado mucho, Internet ha permitido que cualquier persona pueda publicar su trabajo y compartirlo sin límites, y en la otra cara de la moneda, encontramos que han surgido sectores -principalmente en la música pero también aplicable a otros terrenos culturales- que buscan separarse de las practicas y gustos predominantes, pero sin llegar a encerrar en sí mismos rasgos contraculturales.

En cambio, en el trap se pueden apreciar características esencialmente goliardescas. Cantan a los placeres terrenales: mujeres, drogas, fiestas y desenfreno; usan una jerga propia que bien se podría equiparar con la distancia que había del latín que utilizaban los goliardos a las lenguas vernáculas de trovadores y juglares; rechazo de las instituciones y cualquier estructura de poder que les pueda poner un mínimo límite…

No obstante, no es ni mucho menos el primer movimiento contracultural desde la Edad Media, pues la contracultura es un fenómeno siempre latente en la sociedad por el mero hecho de haber una cultura dominante. Pero se diferencia claramente de los más sonados como el hippie de los 60 o el punk. Es innegable que bebe en parte de la filosofía punk en cuanto a la actitud de rebeldía y rechazo de la sociedad y el escepticismo; además, musicalmente las voces atípicas, desgarradas y la crudeza en la composición suponen terrenos comunes entre ambos estilos, a pesar de que poco tienen que ver The Clash o Sex Pistols con Pxxr Gvng. Sin embargo, el punk tenía un compromiso ideológico a nivel político que es casi inapreciable en el trap. En el género urbano suelen ser más recurrentes cuestiones filosóficas, a nivel de existencialismo, amor y desamor; y de crítica social.

Yung Beef en el Primavera Sound 2018 ( Neo2)

Es menester aclarar que la observación del trap desde el prisma contracultural es de doble vertiente. Por un lado, encontramos una con un estilo normalmente con más ritmo, actitudes altaneras, letras chabacanas en el que se tratan temas costumbristas de la calle y los bajos fondos y se exaltan el hedonismo y esa vida disipada y libertina, que es además el que constituye en mayor medida una vanguardia musical.  Por el otro, existe una corriente que se asemeja más al rap, con un ritmo más lento en el que se crean atmósferas más íntimas y lúgubres. Sin dejar de lado la temática de actos ilícitos o vida callejera, predominan divagaciones amorosas, y en este plano es el que se abren camino las disertaciones existencialistas y sentimientos nihilistas.

Estos conceptos implícitos en las canciones demuestran que tal vez el trap sea más que un controvertido subgénero musical que de vez en cuando escuchamos unos cuantos descarriados para huir del continuo bombardeo de estímulos (musicales) repetitivos e impersonales, al que nos vemos sometidos por los medios.

 Yung Beef, Cecilio G, La Zowi o Goa son algunos de los nombres más representativos de esta escena llegando a actuar algunos en festivales de relevancia como el Primavera Sound. De hecho, está sucediendo que cada vez más se está popularizando la parafernalia que circunda al trap, especialmente en lo referente a la estética. Aunque la música en sí y lo que transmite no parece calar en la sociedad, las actitudes e imágenes en torno al género y los artistas se han convertido en moda. Y aunque esto pueda suponer el inicio de la pérdida de esa distinción que le otorga a día de hoy el rango de movimiento más cercano a la contracultura, también puede convertirse en una ratificación del carácter propio e independiente del género si pasa la moda y este se mantiene firme en su esencia nihilista, inconformista y displicente.

Quizá goliardos y traperos se reirían juntos de este artículo. Quizá todo lo aquí expuesto sea lo contrario a lo que quieren expresar.  O quizá no querían expresar nada. Pero es incuestionable que ambas tradiciones han supuesto y suponen hitos que conforman un oasis en el muchas veces sofocante y tedioso desierto de la cultura de masas al que escapar de tan insoportable uniformidad.

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