Por todos los motivos

CLARA RAMOS

Desde la segunda mitad del siglo XX el campo es cada vez más eso, campo. Un pedazo de tierra con aroma a petricor en plena tormenta, nada más. Para desgracia de algunos, en medio de este campo existe una España donde no hay entradas de cine ni olor a palomitas, tampoco banda ancha para ver series en Netflix, ni Zara, ni médicos, ni escuelas, ni trenes, ni una panadería. Con un poco de suerte algún columpio oxidado para ningún niño. Una España que aparece en los segundos de la carta del restaurante, de la que nos acordamos en vacaciones y en periodo estival o cuando llamamos por teléfono a la abuela, al tío o al primo pronunciando un “qué tal” sin esperanza alguna de hallar respuesta diferente a un “por aquí todo sigue igual, cada vez hay menos gente en el pueblo” y esto para los que entre tanto olvido todavía se acuerdan de llamar. Otros, sin embargo, precisan de papeletas para hacer memoria. “España vacía” dejó de ser una paradoja hace ya mucho tiempo. En esa España vacía no solo es el campo quien soporta la tormenta, sino también la gente.

El vacío se llena cuando hablamos -entre otras cosas- de cultura. Aquí llega la paradoja a su mayor grado de insensatez. A pesar de las pinceladas de la Generación del 27, el paisaje español lo pinta con versos la del 98. Llanos, yermos, roquedas y un sol de fuego que lo convierte todo en desierto era lo que necesitaba el maestro Machado para describir el agrio paisaje soriano hace más de un centenar de años en su ilustre obra Campos de Castilla. Ayer, entre la multitud y la lluvia, pude distinguir en una de las pancartas: “Si Machado levantara la cabeza, lloraría”, pero seguro que no sería el único en el momento en que Azorín o Unamuno recorrieran algunos parajes y divisaran, hoy por hoy, una tierra nervuda, enjuta y despejada. Al margen de los versos, son numerosos los relatos que han ayudado a la construcción de imaginarios todavía presentes de espacios míticos dentro de esta España a la que ahora llamamos vaciada. La visión mitológica y romántica del Moncayo creada por Bécquer desde el Monasterio de Veruela o las afamadas rutas del Quijote son unos de tantos ejemplos. Esta tradición literaria de reflejar el abandono, la despoblación y la decrepitud persiste en la brillante obra de Miguel Delibes El disputado voto del señor Cayo, una evidencia de que la política son palabras en campaña electoral y una metáfora de la mirada despectiva de los poderosos hacia una España rural de la que todos procedemos -aunque cueste reconocerlo-. La estructurada red de pueblos, aldeas, villas y casares herederos del feudalismo, de la presencia árabe y de la colonización renacentista conforman un paisaje que, a su vez, constituye nuestra biografía de manera inconsciente, refleja nuestro significado, nuestra identidad y nuestros valores. Por algo se dice eso de que “sin pueblos, no hay nada que contar” y de la defensa de estos valores nace el orgullo de pertenecer a esta España, el orgullo de sus manifestaciones culturales y el orgullo de las manifestaciones de su vacío.

De lo de ayer podemos estar más que orgullosos. A más de 100.000 personas nos sobraron los motivos para gritar que ya basta de promesas incumplidas, que la España rural es esencial, que ser pocos no resta derechos y que sin inversión… solo hay un posible resultado y lo conocemos todos. Una España generosa tendió sus manos para reanimar los latidos de todos y cada uno de los territorios que sufren esta sangría poblacional contra la cual más de 90 plataformas reclaman cohesión social y territorial, una Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico con inversiones reales, fondos -tanto europeos como nacionales- destinados a paliar los desequilibrios territoriales y una auditoría externa sobre su utilización. La insólita manifestación de la España Vaciada ha conseguido colarse en una agenda política cegada por el parlamento británico y los lazos amarillos, pero no cantemos victoria en plena campaña electoral. Recuperar bases y acuartelamientos militares, créditos ICO, rehabilitar instalaciones infrautilizadas, ayudas al emprendimiento social e instalación de hasta 30 megas en el 90% de los municipios con menos de 5.000 habitantes son algunas de las medidas aprobadas por el gobierno para combatir este problema. No obstante, cuesta ver medidas entre tanto tufo electoral. En estos meses todo vale para rascar unos votos, la vergüenza hace tiempo que pasó a un segundo plano y el oportunismo político convierte en inevitable el dejar pasar este tren, aunque ellos mismos sean los responsables de que otros te dejen tirado a mitad del trayecto. Dejemos las inocentadas para el 28 de diciembre. Es necesario un pacto de estado con amplia mayoría parlamentaria que dirija la vista hacia la hemorragia humana y la creación de un organismo independiente de la política que permita la gestión requerida para subsanar todas estas décadas de olvido institucional, hasta entonces: desigualdad. Un lastre del que irremediablemente surgen otros desequilibrios políticos, económicos o sociales que impiden el desarrollo del país. Hoy en día, muchos habitantes de urbes como Barcelona o Madrid sienten sus vidas más cercanas a las de Hong Kong que a las de sus compatriotas de Huesca o de Cuenca, cuando apenas están a un par de horas de coche. Una animadversión con tendencia heterofóbica que concluye con el divorcio entre la España urbana y esta España vaciada en el que todos salimos perdedores.

Los numantinos no resistieron al ataque romano durante dos décadas en vano. Si algo tengo claro es que la batalla no se da por perdida sin antes haberla luchado. Y vamos a luchar, por los que se fueron sin quererlo y los que se han quedado sin poder ser.

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