El camaleón naranja

SERGIO JUANES

Ciudadanos es un partido camaleónico. Desde que se fundara en 2006, la mayoría de sus votantes han sido apóstatas del bipartidismo, desengañados de unos PP y PSOE que parecían dispuestos a batir todos los registros en cuanto a corrupción se refiere, y que advertían en la agrupación naranja una alternativa renovadora que, lejos de extremismos, diera a las instituciones un soplo de aire fresco que comenzaba a antojarse urgentemente necesario. Así, Ciudadanos ha aspirado a reinar el centro del espectro político nacional, sumando adeptos a partir de la transformación de su piel en azul o roja, según el entorno dictara. El problema se les presenta cuando el cambio de piel del camaleón ha dejado de favorecer el camuflaje y ha pasado a dejarlo cada vez más al descubierto.

La primera gran muestra de su escamosa capacidad de oscilación de un centro-izquierda progresista a un centro-derecha continuista la mostró en las elecciones generales de 2015 y 2016. Tras unos primeros comicios en los que con tres millones y medio de votos obtuvo cuarenta diputados en el Congreso, Albert Rivera decidió unirse con Pedro Sánchez para tratar de formar gobierno; pero el designio, predispuestos a repudiar cualquier tipo de acuerdo con Podemos o los nacionalismos, estaba avocado al fracaso desde antes de su formalización. La incapacidad de unos y otros de lograr pactos llevó a la celebración de unas segundas elecciones en las que el partido naranja fue castigado por aquellos compromisarios desavenidos con el PP que habían confiado en Ciudadanos la renovación de la derecha pero que concibieron su acercamiento al PSOE como una felonía imperdonable. De este modo, la formación naranja perdió 400.000 votantes y ocho diputados. El bloqueo político a nivel nacional acabó llevando a Mariano Rajoy de nuevo a la presidencia, con los votos a favor de Ciudadanos y con la abstención de un PSOE cuya incompetencia para gestionar los problemas internos lo convertían en incapaz de resolver ninguno a nivel nacional. Y si bien es cierto que Ciudadanos fue el partido que más trabajó por el desbloqueo institucional y la formación de un gobierno, en el imaginario de la población se instauró una analogía del partido con una veleta que con cada nueva acción se encargan de reforzar.

El declive de Ciudadanos en las últimas elecciones generales ha provocado que Rivera, temeroso de ser un mero árbitro de los acontecimientos políticos y de naufragar en un nuevo –y posiblemente último- intento de ser el inquilino de una Moncloa con colchón y pintura renovados, haya cimentado su nueva campaña sobre dos pilares: Arrimadas y la derecha. Inés Arrimadas es, probablemente, la política más carismática de Ciudadanos. La jerezana, con una feroz oposición al independentismo, se ha erigido en Cataluña como la líder de los autoproclamados partidos constitucionalistas, como un bastión para la defensa de una unidad de España que parece amenazada con la propagación del fuego independentista y sobre el que algunos políticos no han hecho más que rociar gasolina. Así, Rivera, conocedor de que ella ha sido, de manera indirecta, la máxima artífice del crecimiento del partido durante los últimos dos años, ha decidido rescatarla de la cruzada de lazos para dar el asalto definitivo a la política nacional.

Y si la decisión de incorporar a Arrimadas a las listas aparenta ser del todo acertada, el giro ideológico hacia la derecha presenta más dudas. Se está hartando Rivera de decir por activa y por pasiva que no va a pactar con Pedro Sánchez tras las elecciones del próximo 28 de abril. El argumentario para defender esa posición, que principalmente se achaca a la predisposición de Sánchez a llegar a acuerdos con los partidos independentistas, muestra sus más que evidentes carencias cuando la lógica aplastante te lleva a discernir que el líder socialista podría prescindir de esas alianzas si cierto partido anaranjado aceptase pactar con él. Fácil y sencillo. No obstante, la ausencia de ese raciocinio no es, paradójicamente, el problema más grave que deriva de esta postura, sino una estratagema más del plan que pretende acabar con Rivera en la Moncloa. Y es en ese escenario donde reside el principal problema. Se presupone que los partidos tienen como principal objetivo la cooperación y la búsqueda del bien común, y presentan en sus programas las medidas y decisiones que consideran más convenientes para alcanzar una mejora del país. De esta manera, si un político rechaza firmemente y de antemano la cooperación con uno de los partidos que presenta uno de los programas electorales más afines al suyo, se está saltando los principios generales que rigen la actividad política, y eso, en una democracia avanzada como la nuestra, debería ser imperdonable.

Rivera, conocedor de que una aproximación al PSOE nunca lo convertiría en presidente del gobierno, ha preferido alejarse de la zona central del espectro político para tratar de encabezar una derecha más dividida que nunca. Y si bien es cierto que con el Partido Popular en decadencia la estrategia cobraba sentido, a la formación naranja se le ha presentado un problema con la aparición a la derecha de un nuevo actor más extremista e imprevisible y sin el que se antoja imposible –y aún así puede serlo- un gobierno conservador. Vox, un partido altamente clasista, ha irrumpido con tanta fuerza –el más sólido de sus argumentos- que está condicionando al PP y a Ciudadanos hasta el punto de forzarlos a radicalizar su discurso para no pasar a ser concebidos por los sectores más inmovilistas como felones izquierdistas, provocando así  la vertebración de la llamada por la ministra Delgado “derecha trifálica”.

El camaleón se niega a aceptar la realidad y trata de esconder con feminismos liberales y banderas arcoíris los sarpullidos verdes que le están brotando, pero el electorado, más clínico que nunca, ha diagnosticado la enfermedad: electoralitis aguda. Ciudadanos ha dejado de esta forma huérfanos a un grupo de votantes que difiere de la impudicia de Sánchez pero que lo hace aún más de la intransigencia autopregonada de Vox. Rivera todavía está a tiempo de reconsiderar su postura y no cerrar las puertas a un pacto con el PSOE, aunque por lo demostrado hasta el momento y pese a lo que enuncie diariamente, nadie pondría la mano en el fuego a que no lo vaya hacer; y es que entre el dicho y el hecho, hay un largo y camaleónico trecho.

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