Eurodrama Song Contest 2019: Tel Aviv

JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ

Corría el 12 de mayo de 2018, 186 millones de personas se sentaron en torno a la televisión para disfrutar de uno de los espectáculos musicales más grandes del mundo. Tras ver 21 actuaciones, sale Israel a escena. Un país que prácticamente lleva la polémica en la mano allá donde vaya. Con el cacareo que sigue en las mentes de tantos europeos, Netta se iba a llevar la ovación de toda Lisboa.

Ovación que al principio parecía insuficiente. Terminada la votación del jurado, la que había empezado la edición siendo la gran favorita, se había quedado tercera. Pero, tras arrasar en el televoto, Israel se alzó con una victoria que se le resistía desde hace 20 años. En este punto comenzaron los problemas. Una declaración de Netta tras ganar, seguida por una del presidente israelí, Netanyahu, daban por hecho la celebración del festival en 2019 en la ciudad de Jerusalén. Pobres insensatos, pensaron algunos. Tras las presiones de la Unión Europea de Radiodifusión, la KAN, cadena pública israelí encargada de acoger Eurovisión 2019, junto al Gobierno hebreo cedieron y se abrieron a nuevas ciudades como Tel Aviv o Eilat. Acabando con la victoria final de Tel Aviv en la pugna por ser la sede, pese a que proponía el estadio con menor capacidad. Aquí parecían que iban a acabar los problemas, pero no.

La elección de Israel como sede –legítima al ser el país ganador, por cierto- no gustó a la izquierda más crítica de algunos países. En España hubo dos actos señalados, una microconcentración en las puertas del plató de Operación Triunfo pidiendo un boicot al festival y un discurso contrario a Israel por el director Carles Bover Martínez en la gala de los Goya. Aunque nuestro país no fue el único. En Irlanda un centenar de artistas y el alcalde de Dublín mostraron su negativa a la participación en el certamen de la Verde Erín. También mostraron oposición 23.000 islandeses y una veintena de artistas portugueses. En el ámbito político, el rechazo a Israel se hizo patente en miembros del partido laborista británico, de los verdes australianos y de los izquierdistas suecos.

Religión

Aunque suene surrealista, las críticas a la celebración del festival no han venido solamente desde fuera de Israel, también han crecido en casa. Al ser la final del festival un sábado, los políticos más ortodoxos mostraron  su rechazo al coincidir con la celebración del Sabbat judío –  día en el que se prohíben actividades como tocar un instrumento musical o prender fuego, dos de las actividades que más se verán en el escenario de Tel Aviv el 18 de mayo-. Pese a que esta celebración coincide con los ensayos del viernes noche y del sábado tarde, la KAN, como un ejemplo de apertura al mundo, apostó más fuertemente por Eurovisión que por su celebración y decidió no hacer ninguna referencia al sábado sagrado.

Racismo

Pero no toda la polémica se ha concentrado en torno  al país organizador. El conflicto de Crimea ha estado presente (otra vez) en Eurovisión. Cuando la final de Vidbir, preselección ucraniana para el festival, marchaba con normalidad, actuó Maruv, favorita para el público eurofan. Lo que hizo sobre el escenario fue espectacular, una pena que se empañara por una frase del jurado minutos más tarde. ¿Crimea es Ucrania?, preguntó Jamala, miembro del jurado y ganadora de la edición de 2016. El miedo se hacía palpable en la mirada de Maruv. La artista ucraniana respondió con un corto “Ukraine, of course”, pero la politización y la tensión eran más que palpables. Tras ganar la final, la cadena pública ucraniana se iba a cobrar su “venganza”- palabra entrecomillada porque no había nada que vengar más que un conflicto político que poco tiene que ver con la cantante-. En el contrato que tenía que firmar se establecían como clausulas: el pago de su propio bolsillo de todo lo relacionado con el festival (cifras que pueden alcanzar los 500.000€) y la cancelación de los conciertos en Rusia. Maruv se negó y la cadena pública no dudó en tacharla de “peligrosa para la seguridad nacional”. Esta jugada no iba a salir bien a Ucrania, puesto que fue rechaza por otros cantantes y no le quedó más remedio que su retirada.

No ha sido el único caso que ejemplifica el fascismo de algunos mandatarios. Tras la victoria en el festival de San Remo de Mahmood, de padre egipcio y con una canción que contiene versos en árabe, el archiconocido Matteo Salvini no dudó en criticar al cantante y a su elección. Lo que no tuvo en cuenta fue que el artista había nacido en Milán, por lo que como dijo el representante, él es “italiano al cien por cien”.

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