La Verde Erín

LAURA ESPINEL

Domingo, 17 de marzo. Dublín amanece teñido de verde. La multitud, ataviada con sombreros y otros complementos, se convierte en una gran pradera de tréboles. La pradera irlandesa posee un color verde intenso gracias al cual la isla es conocida como “La Verde Erín”. Erín, más conocida como Éire, es una de las diosas de la soberanía en la mitología irlandesa. Pero no solo la capital de Irlanda tiene la suerte de disfrutar de este fenómeno, sino que ciudades como Nueva York, Boston, Chicago, Toronto e, incluso, Buenos Aires se unen a la fiesta. El motivo: el Día de San Patricio. Esta celebración se lleva a cabo anualmente para conmemorar la muerte de San Patricio, patrón y Apóstol de Irlanda.

San Patricio

De este conocidísimo santo se han dicho muchas cosas, como que expulsó a las serpientes de Irlanda, pero la historia real del mayor representante del país verde es aún más interesante. A pesar de los sentimientos que ocasione esto a muchos irlandeses, San Patricio no era irlandés, sino inglés. Nació en una ciudad al norte de Inglaterra a principios del siglo V d. C. y llegó a Irlanda a la edad de dieciséis años, tras ser secuestrado y hecho esclavo por unos piratas celtas.

En esa época, los reinos de Inglaterra ya se habían convertido al cristianismo, pero Irlanda se encontraba dividida en numerosos clanes sometidos a la poderosa autoridad de los druidas, los sacerdotes de los celtas. Es en ese momento cuando San Patricio se convierte en predicador del Evangelio. Se adaptó muy bien a las condiciones sociales del lugar. Respetó sus costumbres, predicó con un lenguaje sencillo y así, consiguió formar un clero local y varias comunidades cristianas. Cuando en el año 460 murió, toda Irlanda era ya cristiana.

Que el trébol sea el símbolo de Irlanda también se le debe a él. Según cuenta la leyenda, una vez, durante sus intentos evangelizadores, trató de explicar lo que era la Santísima Trinidad. Para que todos lo entendieran, cogió un trébol. Para él la Santísima Trinidad, al igual que un trébol, era una misma unidad, pero con tres personas diferentes. La primera hoja, el Padre; la segunda, el Hijo; y la última, el Espíritu Santo.

La diáspora

Decenas de miles de espectadores se han congregado en la Quinta Avenida de Nueva York para celebrar, un año más, el Día de San Patricio. El de Nueva York es el desfile más grande de San Patricio del mundo y, durante ese día, todo el mundo se viste de verde -incluso la comida y la bebida se tiñe de este color-. Como en Nueva York, algo parecido sucede en otras ciudades de la zona este estadounidense. De hecho, hasta finales del siglo XX, el Día de San Patricio era una celebración mucho más grande en la diáspora que en la propia Irlanda. Esto tiene sentido si se tiene en cuenta que el número de personas con ascendencia irlandesa en los Estados Unidos es diez veces mayor que la población total de Irlanda. ¿A qué se debe esta anomalía? Fácil: al hambre.

La Gran Hambruna llegó en 1845, por culpa de la plaga de la patata, una epidemia que causó devastación a cultivos de toda Europa. A mediados del siglo XIX, Irlanda se encontraba bajo un sistema colonial en el que las élites estaban dominadas por los británicos protestantes. La patata era la base de la alimentación de la población irlandesa, que pronto empezó a pasar hambre. La realidad es que se habría podido alimentar a todo el país si los colonos hubieran decidido reducir sus exportaciones de patata, pero no fue así. Tampoco llegó la ayuda de los vecinos británicos. En palabras de miembros del Parlamento Británico: “una vez que da a comer gratis a los irlandeses, nunca se pondrán a trabajar”.

Se calcula que entre 1845 y 1852, la población de Irlanda descendió de 8 a 4 millones de habitantes. Dos millones perecieron de hambre y otras enfermedades derivadas. Los otros dos millones emigraron, la gran mayoría al otro lado del Atlántico.

Su llegada al “Nuevo Continente” no fue un camino de rosas. Después de sobrevivir (los que sobrevivían) semanas hacinados en barcos (más bien pateras) llegaban a las ciudades portuarias de la costa atlántica de Estados Unidos. Allí se instalaban en barrios marginales junto a sus compatriotas irlandeses, pero integrarse no sería tan fácil. Muchas ofertas de empleo especificaban “irlandeses abstenerse”. Para los americanos los irlandeses eran una plaga. Les tildaron de pobres, analfabetos, católicos devotos, vagos, sucios, alcohólicos, violentos, machistas y un largo etcétera. Hoy, siglo y medio más tarde, en ciudades como Boston o Nueva York todavía existen barrios con mayoría de origen irlandés. Pero su situación no es ni por asomo la misma. Los irlandeses consiguieron abrirse hueco en la sociedad americana llegando al punto en el que presidentes de Estados Unidos como John F. Kennedy, Ronald Reagan o Barack Obama (sí, Obama), confesaran e, incluso, presumieran, de sus raíces irlandesas.

Tanto a un lado del océano como al otro, San Patricio se ha convertido en uno de los eventos del año. Durante un día, el pequeño país, normalmente eclipsado por sus vecinos británicos, se convierte en protagonista. Tras tantas miserias, los irlandeses se reivindican de la mejor manera posible: saliendo a la calle, bebiendo Guinness y tiñéndose de verde. ¡Que viva Irlanda! ¡Que viva La Verde Erín!

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