En defensa de Karmelo C. Iribarren, en defensa de la poesía

EMILIO COBOS

A estas alturas, Karmelo C. Iribarren no necesita que lo defienda nadie. Sus versos se sostienen por sí solos, sin necesidad de un armazón teórico que los vertebre o de que un sector de la crítica los proteja. Todo eso ha venido después. Poemario tras poemario, Iribarren ha ido erigiendo su propio canon fuera del canon, y se ha ganado el afectuoso favor de un público que ha sabido reconocer su valentía. Ya lo dice al final de uno de sus poemas, Mi arte y yo: “Nada para recrear la vista/algo sólo para sentir.” Pese a ello, aún hay quien se vale de la radical libertad formal y temática de su poesía para ningunearla y equipararla a la de esos poetuiteros que tanto proliferan, dotados únicamente del incomparable talento de no vacilar en pulsar la tecla intro cada dos palabras que aciertan a escribir. Puede que este sea el sambenito más injusto que se le haya colocado, y uno de los pocos de los que todavía no ha logrado desprenderse. Si bien es cierto que los poemas de Karmelo alcanzan gran notoriedad en las redes, al igual que los versos de los citados poetas que se leerían mejor estampados en el contorno de una taza que en las páginas medio vacías de un libro cuyo precio no baja nunca de los veinte euros, basta que el lector inteligente descorra las cortinas de sus prejuicios para dejarse abatir por su inapelable honestidad. Aquí es donde radica toda diferencia. La línea que separa a los que se dicen poetas de los que corren el destino de serlo. Aunque parezca que esta frontera es cada vez más difusa, la distancia que los aleja ha sido siempre la misma. Con la elegancia que otorga la naturalidad, Karmelo C. Iribarren huye de lo cursi y obra un milagro infrecuente: sus poemas, que parecen proclamar, como Max Estrella, el honor de no ser académicos, están llenos de verdad. Sus poemas, que también son auténticos prodigios del ritmo, no languidecen de afectación. Más bien al contrario: a veces, el autor esboza la mirada de lo cierto para expresar aquello que todos sabemos, como ocurre en Un día bueno (2013):

No somos más

que el tiempo que nos queda

caminando hacia el olvido

que seremos.

Es duro, pero es así.

El resto, literatura.

Lo mejor

es no pensarlo mucho:

seguir andando, tomar cafés, enamorarse,

ver la lluvia…

La lluvia, uno de sus más recurrentes y emblemáticos elementos poéticos, se convierte en el símbolo de ese pesimismo activo que impregna toda la obra del escritor donostiarra, y que lo emparenta con poetas de toda clase, desde el hermético Paul Valéry cuando anuncia que “el viento se levanta/hay que intentar vivir” hasta el siempre inevitable Charles Bukowski. Por muy lejos que estén en la forma, todos cuentan lo mismo. Y, como reza el título de uno de los más geniales poemarios de Karmelo, seguro que esta historia te suena. Porque sí, sus poemas acogen al lector como un bar que aún sigue abierto bien entrada la madrugada. Y podría jurar que en alguna ocasión me he visto a mí mismo guiñarme un ojo desde el fondo de sus poemas y recordarme que, a la manera de aquel viejo verso de Goytisolo, “tu dignidad es la todos”. No en vano, por la obra de Iribarren desfilan mendigos, prostitutas, ancianos y perdedores de mediana edad que sólo saben que envejecen. En otras ocasiones el poeta presenta a la verdad tan desnuda, tan patética, que uno no puede, muerto de pudor, evitar levantar la vista. Sucede así en el poema Madrid, metro, noche (2011):

Gente

exhausta,

con la vista

clavada,

en el suelo,

preguntándose

por la vida,

la de verdad…

porque no puede ser

que sea

sólo eso…

Pero no todo es escepticismo, también hay espacio para la celebración: Karmelo celebra los días que invitan a amar la existencia y, más que ninguna otra cosa, Karmelo celebra la presencia de las mujeres, a las que denomina “el alumbrado de la vida” y que constituyen otro de sus grandes temas poéticos. Las mujeres que con las que cruzas la mirada, las mujeres que se fueron, las que nunca volviste a ver. Y, sobre todo, la mujer que lo vence todo, la mujer que, a pesar de todo, sigue ahí (Nocturno, 2013):

De pie,

junto a la ventana,

mirando la noche,

a la luz

de la luna,

Te recortabas

como la costa

del único país

del que no me iría

nunca.

Después de leer algo tan devastador y algo tan bello, queda claro que el único lugar común que Iribarren frecuenta son los bares. Dentro de ellos vivió más de veinte años, y dentro de ellos destiló más de la mitad de su obra poética. Quizá por eso los sintamos tan nuestros. O puede que sea porque no hay mayor metáfora que la propia vida. Karmelo lo sabe bien. Por eso su poesía, que entra en nosotros a través de nosotros mismos, describe mejor la sociedad en que vivimos que cualquier tratado de sociología. Y por eso, aunque a estas alturas Karmelo C. Iribarren no necesita que lo defienda nadie, nunca está de más recordarlo.

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