Ni ángel ni bestia

CLARA RAMOS

El reloj marca las once de la noche. Demasiados contratiempos y todavía los operarios del turno diurno no han conseguido iniciar el experimento que, según el planning, ya debería haber finalizado. Entre las mascarillas de la unidad número cuatro de la central Vladímir Ilich Lenin se respira de todo menos calma. Una casi interminable hora de subidas y bajadas de megavatios más tarde, sin hoja de ruta, entra en acción el turno de noche, quien -en principio- debía encargarse únicamente de monitorear el calor. “01:23:04”, se reconfirma la presión y el Grupo Internacional de Seguridad Nuclear da el aprobado, inicia el experimento. Los operarios nocturnos cortan el suministro eléctrico de las turbinas dejándolas actuar por inercia. El objetivo era estudiar la energía generada y analizar la capacidad de esta para destinarla a la actuación de las bombas de refrigeración en caso de fallo. Lo que los ingenieros desconocían era que el fallo no iba a ser precisamente de las bombas, sino suyo, creando una nuclear aún peor que las caídas en 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki. Durante casi todo el experimento el sistema de control automático contrarrestó con éxito la retroalimentación positiva, sin embargo, se truncó la esperanza de la ciencia aquella madrugada de sábado. En cuestión de segundos, la potencia del reactor experimenta una subida descomunal. El panel de control no da abasto ante la velocidad a la que piden bailar sus cifras y las agujas, a diferencia de los megavatios, parecen no avanzar. A tan solo 36 segundos del inicio, la computadora SKALA registra un apagado de emergencia del reactor; uno de los operarios había pulsado el botón AZ-5. Las barras de control comienzan a entrar en contacto con el núcleo del reactor, pero el grafito de sus puntas supuso un nuevo problema en forma de pico energético y de sobrecalentamiento. Para cuando los operarios dirigen nuevamente la mirada hacia el panel, este ya supera los 530 MW. El nerviosismo cobra efecto en el bloque cuatro de la central en forma de gritos: “Aumento de la presión en el espacio del reactor”. “Sin voltaje – 48V”. “Fallo de los accionadores de los controladores de alimentación automáticos n º 1 y 2”. Más gritos, ruido y golpes de banda sonora. Uno de los operarios lee el panel de control por última vez, sin saberlo. Indica 33.000 MW. Un ruido mucho más fuerte. Había explotado el techo del reactor. En menos de 5 segundos se produjo una segunda detonación provocada por la entrada de aire en el mismo y las llamas fueron las encargadas de crear la atmósfera radioactiva en la que todavía hoy respira Pripyat.

El accidente de Chernóbil provocó -a largo plazo- la muerte de 60.000 personas, pero se le resistió la curiosidad. Fueron muchos los que tras la tragedia se plantearon los pros y contras de la convivencia con la tecnología nuclear, llegándose a formular teorías.  Charles Perrow fue el primero en dar rienda suelta a esa curiosidad ubicando el foco en el porqué de la no ocurrencia de accidentes con semejantes características. Lo cierto es que el “regalaoídos” del grupo probablemente daría respuesta basándose en la idea de mejora en el sistema de seguridad para limitarlos, sin embargo, para los que caminamos de la mano con la sensatez, una respuesta más razonable -y cuanto menos tranquilizadora- es asumir que no le hemos dado al sistema de energía nuclear el tiempo suficiente como para demostrar todo el potencial que alberga. Y dudo que alguien precise demostración para corroborarlo. El sociólogo intenta explicar el incidente apoyándose en la complejidad y el acoplamiento del sistema, lo que deriva en la interacción entre fallas y en su inevitabilidad. Creando un campo de batalla entre la sociología y la ingeniería civil, Henry Petroski no dirige sus acusaciones al sistema, sino que ilumina especialmente los errores humanos en el proceso de diseño y otro de los que nos hacen cargar con la culpa es el psicólogo Dietrich Döerner, entendiendo por causa el razonamiento manejado por el personal en la toma de decisiones sobre -en este caso- el experimento. Estas visiones no son ni mucho menos restringentes, más bien complementarias. Lo nítido, miremos como miremos, es que el sistema de energía nuclear es un elemento más del universo artificial creado por el hombre y no debemos olvidar que en la maleta creativa ocupa un hueco fijo la responsabilidad social.

La advertencia moral llegó -como si de una predicción se tratase- de la mano del mismísimo Einstein tras las bombas atómicas que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial: “la guerra moderna, la bomba y otros descubrimientos se nos presentan no como un problema de física, sino de ética”. Ciertamente, los descubrimientos tecnológicos y científicos han originado la necesidad de una nueva ética que se adecúe al cambio de un modelo biomórfico a un modelo mecánico, donde la naturaleza ha pasado de subordinar a la técnica a ser el campo del ensayo humano. Hablamos de una nueva ética científica -concretamente nuclear- y como en todo grupo, junto al “regalaoídos” y al sensato siempre hay espacio para un “aguafiestas”, pues bien, sería este quien plantease el debate ético de la limitación. Si la energía nuclear nos ha hecho cuestionar sus límites con desastres como el del 26 de abril es porque la opinión pública -entre otras cosas- ha impregnado en el imaginario social una imagen de fuerza inagotable y, en consecuencia, también la imagen de un hombre de ambiciones personales y económicas desmesuradas. Cae aquí el hombre en el peligro de exaltar su grandeza huyendo de la ética para cumplirlas y como en su día afirmó Blaise Pascal: “el hombre no es ni ángel ni bestia y la desgracia está en que quien pretende hacer de ángel, hace de bestia”.

En última instancia, con determinación o no de culpables, Chernóbil supone una grave crisis en el idilio entre la energía atómica y su uso civil o, al menos, civilizado. El hombre trata de progresar forzando la maquinaria y las consecuencias son devastadoras. Aun así, el cementerio ha cobrado vida y los alrededores de la central han conseguido deshacerse del aspecto fantasmagórico para convertirse en una cuna de fauna y flora. Tanto animales como plantas han desarrollado mayores defensas contra las bacterias, debe ser cierto eso de que lo que no mata te hace más fuerte; no obstante, aquel experimento mató mucho, e irremediablemente es hora de atender a una nueva reflexión: el ser humano puede ser más perjudicial para la naturaleza que un desastre nuclear.  

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