El día en el que 193 personas se durmieron en una eterna pesadilla

JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ

“Adiós, mamá. Adiós, papá. Adiós, hijos. Adiós, hermanos. Adiós, amor mío”, así comenzó el día para 193 personas. Poniéndose el abrigo y dirigiéndose a montar en Cercanías. Por la ventanilla ven la vida pasar, dan cabezazos hasta que les haga efecto el café, piensan en el gol de Zidane del día anterior o en el partido del Barça de esa noche. Todo sin saber que esa despedida iba a ser la última, que esa vida se iba a truncar, que ese partido nunca lo iban a ver.

11 de marzo de 2004, 7:01 de la mañana, un tren arranca en Alcalá de Henares. Le siguen otros a las 7:04, a las 7:10 y a las 7:14. Son las 7:37, llega el primero de ellos a la estación más importante de la capital, Atocha. El convoy nunca retomará su marcha. Algo estaba pasando. A esa hora comienza uno de los días más tristes de la historia de Europa, se había desatado el peor atentado terrorista hasta el momento. En tres minutos explotaron diez de las trece bombas que Al Qaeda había preparado: tres dispuestas en el Cercanías estacionado en Atocha, dos bombas más en El Pozo, una en Santa Eugenia y cuatro a la entrada de la estación de Atocha, en la calle Téllez.

Las agujas del reloj no habían llegado a marcar las ocho de la mañana y Madrid se temía lo peor. El número de fallecidos se empezó a contabilizar en decenas. Las lágrimas no cesaban. Más de mil quinientos heridos fueron trasladados a los hospitales Clínico, Doce de Octubre y Gregorio Marañón. Las familias comenzaron así un viaje de hospital a hospital, rezando por la vuelta de sus familiares a casa. Nadie quería acabar esa visita en IFEMA, lugar al que fueron trasladados los fallecidos. La solidaridad nació de miles de madrileños que no esperaron ni un segundo para colapsar las donaciones de sangre, los miembros de los equipos de emergencia doblaron sus turnos y los vecinos ayudaban con lo que podían. Mientras fueron pasando las horas, España se dividía en dos sentimientos: indignación y dolor. El sufrimiento se plasmó el día doce de marzo, España salió a la calle mientras el cielo de Madrid lloraba. 2 millones de paraguas plagaron el centro de Madrid de un total de 11 millones de personas en todo el territorio nacional. Se convirtió en la manifestación más multitudinaria de la historia. El mundo se volcó con las víctimas, los presidentes de Francia, Portugal, España e Italia acudieron a las protestas y se proclamó el día 11 como Día europeo de las víctimas del terrorismo.

Los primeros responsables del Gobierno convocaron rápidamente a los medios para culpar a ETA de lo ocurrido. Craso error. Si bien, la hipótesis que se manejaba era que la banda terrorista ya había planteado realizar un atentado a gran escala en la capital y el material explosivo era prácticamente idénticos al que usaban para causar el terror, a las tres de la tarde todo cambió. La policía descubrió una furgoneta cercana a la estación de Alcalá comprobando que no se había utilizado el mismo armamento. Rápidamente ETA pidió voz para mantenerse alejado de todo lo ocurrido. Por muy paradójico que suene, la banda asentada en el País Vasco apuntaba a un terrorismo yihadista, compartiendo la idea de la policía. Ambos apuntaron con anterioridad al verdadero culpable de lo sucedido que el propio Gobierno de España. El enfado se hizo palpable el trece de marzo, jornada de reflexión, cientos de personas se manifestaron frente a las sedes del PP de numerosas ciudades, esta España necesitaba culpables. Culpa que cayó primero sobre el PP al acusar a ETA y luego al PSOE por la velocidad para desguazar los trenes.

Han pasado quince años y Madrid se despierta recordando aquella pesadilla. En el ambiente es palpable que hoy no es un día cualquiera: programas especiales de televisión, victimas con los sentimientos a flor de piel y múltiples homenajes. La jornada empieza con otro aroma, cambiando el olor a quemado por el olor a las múltiples flores y sus recuerdos, el clima nervioso por un clima tranquilizador. Todo sin olvidar, pero con una idea clara en las mentes de tantos madrileños: no podrá ser impuesta la dictadura del miedo.

Es cierto que España acudió a la guerra, pero nunca se podrá justificar lo que ocurrió ese jueves en Madrid. Nadie se imaginaba que esto fuera a ocurrir, porque nadie puede soñar con una maldad de tales características. Hay que hacer un llamamiento a la clase política de este país, el 11M no debe ser utilizado jamás como instrumento de debate, el único enemigo debería ser el miedo. Por las víctimas del terrorismo, por Madrid.

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