11 de marzo. No es una mañana más

SERGIO JUANES

Madrid. Jueves, 11 de marzo. Es una mañana más. Son las 7:21 y Sonia acaba de llegar al portal de casa de sus padres. Lleva al pequeño Luis medio dormido sobre su hombro. El pobre no entra al cole hasta las nueve, pero ni papá ni mamá pueden llevarlo a esa hora. Mamá tiene que ir a su cole muy pronto y papá recién había llegado a casa cuando mamá le despertó. “Qué cole más raro tienes, papi”, suele decirle. Se abre la puerta del ascensor en la séptima planta, porque la casa de los abuelos está muy alta, y como todos los días estaba esperando la abuela con su bata verde. Sonia coloca a Luis cuidadosamente sobre los brazos de la abuela y se despide. “Adiós, corazón”. “Adiós, mami”, dice el pequeño mientras mamá le da un beso.

Sonia entra al ascensor mientras mira agobiada la hora; va un poco tarde. Nada más se abren las puertas echa a correr hacia la estación lo más rápido que los zapatos la dejan. Había perdido ya un tren y no quería perder el siguiente. El abuelo la observaba desde la ventana. Desde esa ventana se veía incluso la estación, porque la casa de los abuelos era sorprendentemente alta. De hecho, desde esa misma ventana Luis y el abuelo solían ver llegar a mamá por la tarde mientras merendaban.

Sonia llega a tiempo. “Próximo tren destino Chamartín: 1 minuto”, indica el cartel. Espera, como todas las mañanas, frente al tercer vagón. Le gustaba ir leyendo en el tren, pero había días que estaba tan lleno que se hacía imposible. Estaba sacando un libro del bolso, El libro de las ilusiones de Paul Auster, cuando se dio cuenta de que hoy sería uno de esos días; el tren estaba a reventar.

Para cuando el tren llegó a la estación el abuelo ya había dejado de mirar. Se abrieron las puertas y Sonia se hizo un hueco como pudo. Probablemente otro vagón iría menos lleno, pero siempre se subía en el mismo porque la dejaba justo enfrente de la salida de la estación de Nuevos Ministerios, la de su trabajo, la de su cole. “Todo por ahorrarme unos pasos, maldita cabezonería la mía”, pensaba para sí misma. Y tan maldita.

Nada más arranca el tren se escucha una atronadora explosión. Primera detonación. Resplandor. Una luz cegadora impide ver nada. No han pasado ni tres segundos cuando se repite el estruendo. Segunda detonación. Esta vez se hace de noche. La segunda explosión fue especialmente ensordecedora. Tanto que se hizo el silencio. Los gritos a los que dio paso no podían ser escuchados, eran más vacíos que nunca. Solo era perceptible lo que venía de uno mismo.

Sonia se encuentra inmóvil en el suelo. Trata de incorporarse, pero no puede. Es incapaz de controlar su cuerpo. Siente un dolor tremendo en todos y cada uno de los puntos de su organismo, pero al mismo tiempo no le duele nada. Para ese momento, el abuelo ya miraba por la ventana consternado. El estallido le había alertado, pero solo alcanzaba a ver una densa nube de humo gris. Sus ojos denotan espanto y angustia. Despavorido, corre hacia la estación. Para cuando quisiera llegar ya sería demasiado tarde.

En ese momento, Sonia alcanza a escuchar una última voz que la conmueve: “Adiós, mami”. “Adiós, corazón”, consigue responder antes de perderse definitivamente en la densa humareda.

Madrid. Jueves, 11 de marzo. No es una mañana más. Ni olvido ni perdón.

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