En el territorio de lo mítico

EMILIO COBOS

No resulta difícil imaginar el deporte de masas como una gran tragedia griega en la que cada partido es una gesta y cada deportista, un personaje. A esta concepción contribuye sin duda esa clase de periodismo que presenta como batallas los encuentros y erige a sus protagonistas en auténticos héroes contemporáneos, dignas sus hazañas de ser cantadas y admiradas por las generaciones venideras o, como sucede en este caso, de ser televisadas hasta la saciedad. El teatro alcanza dimensiones planetarias cuando se trata de fútbol, el rey de todos los deportes, y la obra que se representa es la Liga de Campeones, la Champions League, la prueba final. Vencedores llegados de todos los rincones de Europa se enfrentan por determinar cuál entre ellos hace prevalecer su valía y merece escribir su nombre en la eternidad. La exaltación llega a su culmen en el momento en el que suena el himno estremecedor, originariamente compuesto por Händel para la coronación de los monarcas ingleses y que nos hace olvidar mientras suena que todo es vanidad, y el mundo parece detenerse a la contemplación de la lid.

Sin entrar a valorar el mayor o menor efecto narcotizante que este circo millonario puede estar suministrando a sus fieles y a los que no lo son tanto – hoy en día es imposible escapar del fútbol-, este fenómeno mediático sin precedentes se ha convertido en uno de los instrumentos predilectos para la confección del imaginario colectivo que hilvana nuestra sociedad global. Lo queramos o no, es así. El fútbol apela a la épica, al espíritu combativo que habita en todos nosotros, y se ha impuesto a los demás deportes porque representa mejor que ningún otro el eterno relato de nuestras pasiones. Puede parecer que nos estamos poniendo estupendos, pero, si nos paramos a pensarlo, observaremos que, al igual que en las tragedias que se escribieron hace más de veinte siglos y de la misma manera que los héroes clásicos, los futbolistas sufren mil penalidades, aman y defienden un escudo, y luchan por conquistar la gloria. Desde esta perspectiva, la a menudo tramposa narrativa futbolística –nadie se acuerda de los perdedores, para eso tenemos la lírica- no dista tanto del paradigma sobre el que se construye, por ejemplo, el Mío Cid. El fútbol se alimenta de nuestra hambre de trascender. Por eso, en una época que deja poco margen a la fantasía, los niños sueñan con convertirse en futbolistas, intercambian cromos, y se cortan el pelo como Ronaldo –un Aquiles del siglo XXI o el nuevo Roldán. Aquí reside verdaderamente la esencia de este deporte, esto es lo que lo hace bello. En la imaginación del niño que todos llevamos, el fútbol se convierte en algo más que once tíos corriendo detrás de un balón sin dejar por un momento de ser nada más que eso. No en vano, las columnas deportivas de ciertos periódicos constituyen el lugar en el que ese periodismo que flirtea con la literatura se permite ir un poco más lejos, amén de los artículos de opinión tradicionales. De esta forma, algunas de las firmas más notables de este país, como David Gistau o Manuel Jabois, escriben a menudo sobre fútbol, y algunas de las firmas que escriben a menudo sobre fútbol, como Santiago Segurola o el ex futbolista y entrenador Jorge Valdano, son de las más notables de este país.

Dado que cualquier excusa es buena para adentrarnos en el territorio de lo mítico, estas líneas inauguran en The Eleven Magazine una serie de artículos en los que nos perderemos en el contar de los años tras la pista de varios de los futbolistas más destacados de todos los tiempos. Aviso a navegantes: nuestro periplo tendrá mucho más que ver con lo literario que con lo futbolístico. Así pues, en las próximas semanas, cuando se cumple el primer aniversario de su muerte, inauguraremos la sección con la figura del Brujo “Quini”, goleador español del Sporting de Gijón y del Barcelona cuya abrumadora calidad humana no desmerece su brillante trayectoria deportiva y le convirtió en leyenda.

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