silmarillion

El legado de Christopher Tolkien

MARCOS PÉREZ

Quién no conoce la obra de J.R.R Tolkien. El Señor de los Anillos y El hobbit son mundialmente conocidas. No obstante, para los más seguidores, el universo de la Tierra Media no se limita solamente a estas obras. Tolkien emprende su marcha hacia las Estancias de Mandos en 1973, habiendo cosechado en vida un gran éxito como escritor de ficción entre otras disciplinas. Sin embargo, sus publicaciones en vida solo suponían la punta del iceberg de la que sería su opus magna. Su hijo Christopher fue el responsable de rescatar y sacar a la luz el trabajo que dejó inédito su padre tras de sí.

Christopher Tolkien, tercer hijo de John Ronald Reuel Tolkien, ha dedicado su vida desde la muerte de su padre a la perpetuación del legado literario de este.  Siendo el primer crítico y seguidor de Tolkien cuando este les narraba sus obras como meros cuentos infantiles a él y a sus hermanos, y a partir de 1945 participando en los Inklingns, Christopher ha sido probablemente la persona más cercana a la obra de su padre más allá de este mismo. Gracias a él, se publicó en 1976 El Silmarillion, obra cumbre del legendarium de Tolkien, fruto de toda una vida de creación literaria, mitológica y lingüística (el quenya y el sindarin). Tolkien hijo se dedicó a editar y organizar todos los escritos de su padre tras su muerte para componer el intrincado relato que es El Silmarillion, obedeciendo así a los deseos de su progenitor de ver publicado el libro que daría forma a su universo desde la Creación de Arda hasta los últimos sucesos conocidos tras la Guerra del Anillo.

Claro está, el trabajo de Christopher ha sido eclipsado por el de su padre, no obstante, también ha sido objetivo de muchas críticas -a mi juicio inmerecidas- y ahora que con la publicación de La caída de Gondolin el 5 de marzo Christopher se retira, veo la necesidad de exaltar su legado. Comenzando con el libro que comprende desde la Ainulindalëo música de los Ainur hasta “De los Anillos de Poder y la Tercera Edad”, El Silmarillion es la obra que sienta los principios históricos y mitológicos sobre los que se sustenta el universo de la Tierra Media. Teniendo en cuenta que Tolkien comenzó a fantasear con la idea de un mundo ficticio con una rigurosa y detallada mitología en 1917, y que dicho mundo no se materializó completamente hasta 1976, tres años después de su muerte, no nos ha de extrañar que el proyecto fuera sufriendo cambios estructurales muy a menudo; sin embargo, el profesor británico nunca dejó del todo de lado esta obra a pesar de estar más concentrado en otros trabajos como El Hobbit o El Señor de los Anillos.

Tolkien trabajó además como profesor, primero en Oxford y después en Merton. Quizá cumpliera esos estereotipos del típico profesor inglés de literatura sabio, exigente y esnob a partes iguales, pero la verdad es que debido a una especie de escrupulosa metodología o un exacerbado perfeccionismo, fue dejando constancia de todos los cambios que sufría su obra. Estas notas, borradores y manuscritos fueron la materia prima de Christopher para la elaboración primero de El Silmarillion y posteriormente de los Cuentos Inconclusos. A pesar de las críticas recibidas por los que se decían seguidores de El Hobbit  y El Señor de los Anillos, debido a la complejidad y detallismo que añaden estas obras al universo, ambas conforman el grueso de la mitología tolkeniana, y por tanto, por muchos detractores que puedan sentenciar que ambos libros son aburridos, pedantes o soporíferos, para una gran masa de frikis de la Tierra Media son la verdadera esencia y brillantez de la carrera literaria de Tolkien, y si no fuera por Christopher, puede que nunca hubieran visto la luz. Si en la reconstrucción de relatos de Christopher, él mismo admite que hay ciertas disonancias e incoherencias en el global del universo, esos textos en otras manos podrían haber supuesto una completa desfiguración de la obra de Tolkien.

A partir de 1983 y hasta 1996, Christopher publicó 13 volúmenes que conforman la serie de La historia de la Tierra Media. En dichos libros se recogen anotaciones de Christopher para clarificar pasajes dudosos o inconexos; versiones desechadas de poemas y tramas; explicaciones sobre la naturaleza de las distintas razas, de la orografía de la Tierra Media y Aman; ensayos sobre el quenya y el sindarin… en definitiva, café para muy cafeteros. Si a parte del público ya le pareció demasiado con Los Cuentos Inconclusos y El Silmarillion, esto fue de órdago. De todas formas, estos libros no aportan sustancialmente demasiado al lore del universo, por lo deben de ser concebidos -desde mi humilde punto de vista- como una prueba fehaciente del largo y complejo proceso de creación que conllevó dicha ficción más que como piezas narrativas. Como una especie de fósil literario que pone en valor una meticulosidad, ambición y cuidado por la obra propia,  que permite crear un mundo imaginario con una cantidad de detalles abrumadora, y sirve de inspiración para futuros escritores que beban de la tradición tolkieniana, como puede ser el caso de George R.R. Martin con El mundo de hielo y fuego, una enciclopedia sobre su universo creado en la saga Canción de hielo y fuego.

Desde 2007, comenzó con la publicación individualizada de los tres poemas principales que encarnan El Silmarillion, el corazón de J.R.R. Tolkien. Ese año salió los Hijos de Húrin, en 2017 Beren y Luthien, y el 5 de marzo de este año se publicó La caída de Gondolin. Estos libros han vuelto a traer a colación el debate de si es legítimo que Christopher publique tantas obras sin que estas incluyan material inédito de su padre. El punto está en que estas ediciones suponen un homenaje a Tolkien más que productos narrativos en sí mismos. Las tres historias son un resumen de la esencia del universo de la Tierra Media: el valor, las penas y fatigas y la heroicidad de los hijos de Húrin, el amor y la belleza más puros de Beren y Luthien, el esplendor élfico y la debilidad y nobleza del hombre en la caída de Gondolin… La constante lucha y dominio del mal sobre el bien, de la oscuridad sobre la luz, de la industria sobre la naturaleza. De la esperanza. Esa esperanza que fue Christopher cuando perdimos a Tolkien.

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